En su homilía del Día de Todos los Santos, el clérigo recordó que la santidad no exige obras extraordinarias, sino humildad y esfuerzo constante.

Redacción nacional
El sacerdote chinchipense José Antonio Zaquinaula, perteneciente a la arquidiócesis de la provincia del Guayas y ordenado hace pocos meses, recordó en su homilía del Día de Todos los Santos, celebrado este 1 de noviembre, que «todos estamos llamados a la santidad». El presbítero destacó que la santidad no es un privilegio de unos pocos, sino una vocación universal.
Una muchedumbre innumerable
«Los santos no son un grupo de privilegiados o de elegidos, sino una muchedumbre innumerable, hacia la que la liturgia nos exhorta hoy a elevar nuestra mirada», dijo Zaquinaula. En esa muchedumbre, explicó, no solo están los santos reconocidos oficialmente, sino también los bautizados de todas las épocas y naciones que se esforzaron por cumplir con amor y fidelidad la voluntad divina. «De gran parte de ellos no conocemos ni el rostro ni el nombre, pero con los ojos de la fe los vemos resplandecer», afirmó.

¿Cómo llegar a ser santos?
El sacerdote respondió a la pregunta con una aclaración: «Para ser santos no es preciso realizar acciones y obras extraordinarias, ni poseer carismas excepcionales». Luego, la respuesta positiva: «Es necesario, ante todo, escuchar a Jesús y seguirlo sin desalentarse ante las dificultades. El secreto de la santidad consiste en ser muy humildes y en no cansarnos nunca de estar empezando siempre».
«La santidad exige un esfuerzo constante, pero es posible a todos, porque, más que obra del hombre, es ante todo don de Dios», sostuvo. Y citó al apóstol san Juan: «Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!» (1 Jn 3, 1).


Las Bienaventuranzas y el amor de Dios
En su reflexión, Zaquinaula recordó que el Evangelio de la fiesta anuncia las Bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de paz, los perseguidos por causa de la justicia» (Mt 5, 3-10). «El bienaventurado por excelencia es solo él, Jesús», dijo. «Y si el Señor es el verdadero bienaventurado, es digno de imitación; por lo tanto, nosotros también debemos imitar esa vida».
«Los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, los que saben llorar por los demás y por los propios errores, los que permanecen mansos, luchan por la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, obran siempre por la paz y permanecen en la alegría», explicó.
Una advertencia y un mensaje
El sacerdote también dejó una advertencia a los fieles: «Antes de estar subiendo fotos de tu vida esperando likes de gente que ni conoces, procura que Dios te diga bien hecho». Y recordó la pregunta del Evangelio: «¿De qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma, si pierdes la vida eterna?».
La homilía se realizó en el marco del Día de Todos los Santos, que la Iglesia católica celebra el 1 de noviembre. Este 2 de noviembre, la Iglesia recuerda a los Fieles Difuntos. Zaquinaula explicó que la liturgia invita a compartir «el gozo celestial de los santos» y a encomendar a los difuntos «a la infinita misericordia de Dios». «Creemos en esa etapa de purificación después de la muerte, lo que llamamos purgatorio», señaló, y citó al Papa Benedicto XVI. Para cerrar, invitó a invocar a María, «Reina de los Santos y Puerta del Cielo», para que interceda «por nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido».
